Começa neste sábado, na Casa das Rosas (Avenida Paulista, 37), às 17 horas, uma série de encontros entre artistas hispanos e brasileiros que será gravada e colocada no ar pela TV Cronópios. Neste primeiro encontro os mexicanos Verónica Volkov e Fábio Morato falarão sobre sua obra e trajetória, entre outros, com Horácio Costa, Amálio Pinheiro, Edson Cruz, Alfredo Fressia, Sergio Molina, Virna Teixeira, Claudio Daniel e Alan Mills. Ao final, Fabio Morábito autografará seu romance infantil Quando as panteras não eram negras, em lançamento pela Editora 34.
Fabio Morábito é autor de Lotes baldíos, De lunes todo el año e Alguien de lava (poesia), La lenta furia, La vida ordenada e Grieta de fatiga (contos), Caja de herramientas, También Berlín se olvida (prosa) e Los pastores sin ovejas (ensaio). Vários de seus livros foram traduzidos ao alemão, inglês, francês, português e italiano. É também reconhecido como tradutor.
Los perros ladran a lo lejos.
Junto con ellos soy el único sin sueño en el planeta. Me ladran a mí, despiertos por mi culpa. Mi estar despierto los encoleriza y su cólera me espanta. Somos los únicos que no dudan de la redondez de la tierra. Los otros, los dormidos, han renegado de Copérnico, por esta única vez se han reclinado sobre un mundo plano. Por esta única vez, todas las noches, y así amanecen, creyendo que la tierra no da giros y ellos se han dormido en sus laureles. No pueden conciliar el sueño sobre una superficie triste, sobre un planeta equis. Mejor oír ladrar los perros que amanecer neolíticos. Más vale no pegar el ojo que claudicar del universo.
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Orejas
dos orejas: una para oír a los vivos otra para oír a los muertos
las dos abiertas día y noche las dos cerradas a nuestros sueños
para oír el silencio no te tapes las orejas oirás la sangre que corre por tus venas
para oír el silencio aguza los oídos escúchalo una vez y no vuelvas a oírlo
si te tapas la oreja izquierda oirás el infierno si te tapas la derecha oirás... no te digo
había una tercera oreja pero no cabía en la cara la ocultamos en el pecho y comenzó a latir está rodeada de oscuridad es la única oreja que el aire no engaña
es la oreja que nos salva de ser sordos cuando allá arriba nos fallan las orejas.
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El maestro pasa lista sin mirarnos. Después de cada nombre se escucha “presente”. Cada tanto un silencio: alguien no vino. El maestro levanta la vista para cerciorarse. Hubo una vez uno que guardó silencio al oír su nombre, el maestro levantó la vista, no lo vio y puso la cruz de la falta. El otro permaneció impasible y lo miramos con envidia. Tenía una cruz y estaba entre nosotros. No se quitó la cruz en toda la mañana. Sin percatarse del engaño, el maestro le pidió que leyera en voz alta y en el salón estalló la risa. ¿Por qué se ríen?, y todos bajamos la vista, incluido el ausente, que leyó con voz de ausente, o así me pareció. Al otro día no vino, tampoco al otro día y pocos días después, pasando lista, el maestro se saltó su nombre, después lo tachó con la pluma y yo olvidé su nombre, su rostro y su cruz.
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Veo a mi padre asomado a la ventana. Sentado en el suelo del cuarto,
miro su espalda ancha. Aún no camino. Qué hermoso es un padre
cuando, asomado a una ventana, su espalda se recorta para el hijo.
Le deja impreso su mejor recuerdo. Padre que encara el mundo,
primera puerta que nos da la infancia, primer atisbo de que no todo es pecho.
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Siempre me piden poemas inéditos. Nadie lee poesía pero me piden poemas inéditos. Para la revista, el periódico, el performance, el encuentro, el homenaje, la velada: un poema, por favor, pero inédito. Como si supieran de memoria lo que he escrito. Como si estuvieran colmados de mi poesía y ahora necesitaran algo inédito. La poesía siempre es inédita, dijo el poeta en un poema, pero ellos lo ignoran porque no leen poesía, sólo piden poemas inéditos.
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Benditas puertas, creadoras de la penumbra y del habla en voz baja, que fue la creadora a su vez de la escritura. Benditos goznes que nos separan de las bestias. Es fácil hoy decir malditas puertas, malditos libros, maldita la postura erguida. Haber bajado de los árboles fue la primera puerta que se abrió y se nos olvidó cerrarla. ¿Fue una omisión o una genialidad dejarla abierta por las dudas? El bosque nos persigue en nuestra prosa y nuestros versos y toda puerta que abrimos, la abrimos todavía sobre un claro, y cada puerta que cerramos, aun la más inocua, pergeña una penumbra y un secreto. No terminamos de bajar al suelo, nuestra mayor herida, y a base de puertas lentamente nos curamos.
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En la playa
El viento, más que yo, se fuma este cigarro entre mis dedos, dejándome el placer de sólo tres o cuatro bocanadas, y el mar expropia las palabras que te digo, porque, acostada, no me oyes. El sol, el viento y la marea te ensordecen y cuando me levanto para dar dos pasos, viendo mis huellas que se imprimen en la arena, pienso que esas pisadas mienten, que ya no piso así desde hace no sé cuándo; son huellas de otro que sobrevive en mis pisadas, pues las mías son mucho menos elocuentes. Tú, en cambio, que me ves completo e indivisible, sabes mejor que nadie cómo soy mortal, cómo mis huellas en la arena me describen y cómo se plasma en ellas lo que soy, sabes mejor que nadie cómo no escucharme.
Verónica Volkow é autora de La Sibila de Cumas, Litoral de tinta, El inicio, Los caminos, Arcanos, Oro del viento (poesia), La noche viuda (prosa), Sudáfrica; Diario de un viaje e La mordedura de la risa. É doutora em letras e professora universitária.
JARDIN
Hay en mi jardín rosas que deshojan un corazón abierto al descampado. Así es la flor, su desnudez es magia. Le pido a la rosa me guarde, en la fragilidad, secretos dones y a la espina me otorgue la humildad y sus manos precisas.
Pido un techo que no tape, que recuerde al cielo y una ciudad que es nueva siempre porque no agota sus caminos, y le pido al río su fluir, su muerte en el instante que también es vuelo.
LABERINTO
Con mi vida escribo la huella de una estrella, un laberinto que encendida ando. Sumergida en la sombra mirada plena,
Hay un vuelo que abre la luz en lo interno un caminar sensible, y cuidado del corazón despierto.
Rosario para Nadia
Desde un interno hablar a paraíso supo el poeta, a la rosa sin espinas dar sonido al color y una memoria encendida y honda a su fragancia,
Y fue nueva al jardín; aunque ya inúmera, rosa súbitamente allí nimbada con su pureza de luz y una añoranza de estrella en su músico ovillar.
Busco un hilo de luz para esa rosa que en laberinto vegetal o escrito desentraña al oído el ser más puro.
Rosa la huella digital recuerda en su urdido centro, vastas órbitas, del hoy sonoro prístino concierto.