Los diarios de viaje se justifican por los hallazgos que trasmiten a sus lectores o por las reflexiones del propio autor trashumante. O son los mundos inéditos que piden con urgencia ser contados o los pensamientos que surgen en el viajero al encontrarse en un lugar diferente. Lo que se espera de un relato de viajes es fundamentalmente lo insólito: tanto si se trata de una reflexión filosófica o estética, como de la enumeración de determinadas peculiaridades del ser humano o el relato de su historia. Los viajeros de los siglos XVIII y XIX plasmaban en sus escritos los paisajes que el hombre no había hollado todavía o, como Darwin, describían seres vivos que todavía no eran conocidos de lo que se concluían verdades científicas de indudable trascendencia, o se reflexionaba sobre la propia cultura al enfrentarse a otras formas de entenderla a la manera de Goethe en sus viajes por Italia. Aquella fue la edad de oro de los diarios de viaje. Y quizás el último gran relato de estas características se lo debamos, ya en el siglo XX, a Claude Lévi-Strauss que, en su viaje al Pantanal y al Amazonas, dio cuenta de poblaciones de indígenas que todavía vivían en su hábitat natural. Lo cierto es que no existe la menor duda de la altura intelectual de su libro Tristes tropiques. Después de aquel relato de quien odiaba los viajes y los exploradores, como el antropólogo belga confiesa al inicio de su obra, ya no habría auténticas crónicas viajeras ni trabajos científicos sobre tierras ignotas. El planeta ya ha sido explorado suficientemente y solo queda la repetición o la experiencia puntual de un momento histórico o político: el viaje por una zona devastada por la guerra o por una catástrofe natural, el paisaje de los grandes acontecimientos humanos o animales como el surgimiento de una colectividad o la desaparición de una especie. No se trata ya de relatos de viaje, sino de reportajes.
Sin embargo, todavía hay escritores que, sin pretender emular a los grandes viajeros, se empeñan en dejar constancia de sus periplos. Son viajes, por decirlo así, domésticos, sin heroísmo y sin grandeza. Entre este tipo de crónicas, que sí abundan, habría que catalogar un inédito recientemente aparecido en España de uno de los grandes autores del denominado boom latinoamericano. Me refiero al relato Unos días en el Brasil (Diario de viaje), de Adolfo Bioy Casares. Como todo relato de viajes este texto está escrito in situ y sigue una secuencia cronológica. La anécdota que lo justifica es la asistencia del escritor argentino a un congreso del Pen Club en Río de Janeiro la última semana de julio de 1960. El autor de La invención de Morel dejó constancia en unas breves páginas de sus contactos puntuales de aquel encuentro de escritores, sus impresiones personales y algunos comentarios más o menos afortunados de lo que sucedía ante sus ojos. Como aquel material no justificaría un libro, el escritor urdió un endeble argumento sentimental: una muchacha brasileña llamada Ofelia –Ofeliña, tal como escribe su nombre– se desmaya al pasar junto a su mesa en el comedor de un barco que hacía escala en Cherburgo. Ofelia era, según la describe el memorialista, «dorada y rojiza, de ojos azules» y, según le aseguran, «se había desmayado “de amor por mí”.» Aunque el autor de estas líneas pretenda ser lo más discreto posible, no puede evitar dejar en el lector la impresión de su inmensa vanidad masculina. Supongamos que se trata de una ficción en primera persona: entonces no podríamos dejar de sentir la ironía de su autor. En todo caso, Bioy o el narrador, nos relata un breve romance en París, que se redujo a dos largos besos y a un contagio de gripe. No mucho para una historia de amor, pero sí lo suficiente para crear la expectativa de un contacto más intenso y emotivo. El deseo de completar aquella aventura sentimental empuja al escritor a aceptar un viaje que le resulta incómodo, aburrido e inútil. Hay que decir que los hechos relatados tuvieron lugar nueve años antes de la reunión del Pen Club en Brasil. Así pues el autor se enfrenta a un viaje con la esperanza de que la dirección de aquella muchacha siga siendo la misma y que también siga sintiendo el mismo deseo insatisfecho que le llevó un día a desmayarse por amor. A partir de esta anécdota surje el periplo por tres ciudades brasileñas y su crónica.
Adolfo Bioy vuela desde Buenos Aires a Río de Janeiro el 23 de julio, sábado, e inicia sus jornadas almorzando en el hotel Miramar con la mujer de Alberto Moravia y con Graham Greene, nombres que repetirá a lo largo del diario por ser los encuentros más significativos de su viaje. De éste último confiesa haberle conocido en 1951, el mismo año que a Ofeliña, y haber tenido con él «un trato bastante amistoso». Sin embargo, poco más se dice del escritor británico: ni se valora una de sus obras ni se cuenta anécdota alguna que pueda ser relevante. De Moravia quizás algún detalle más: su admiración por los rascacielos cariocas, que le parecieron húmedos, o su talante influenciable ante una opinión sensata y sincera. Tampoco sabremos mucho del autor de La romana por estas páginas ni de su mujer, Elsa Morante, con quien todavía estaba casado en 1960.
¿Qué nos cuenta Bioy de su paso por Río de Janeiro, São Paulo y Brasilia? Algunas opiniones pertinentes sobre la inutilidad y banalidad de este tipo de congresos de escritores, su percepción negativa de sus organizadores: «los burócratas de la cultura», tal como los califica. No deja de sorprender que un autor tan culto como el autor de La invención de Morel y de Plan de evasión, que fuera protagonista de uno de los relatos más significativos del siglo XX como es Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Jorge Luis Borges, con quien además escribirá algunos relatos realmente admirables, desconozca en tan gran medida la literatura brasileña. En Brasil, y concretamente en Río de Janeiro, apenas cuatro años antes se habían publicado dos monumentales frisos narrativos como fueron Corpo de baile y Grande Sertão: Veredas, de João Guimarães Rosa. El admirador de Thomas de Quincey o de Graham Greene no solo ignora estas obras, sino también al autor mineiro. Apenas nos deja una breve referencia de la intervención de la autora de Vaga Música el día 26 de julio, martes: «mientras escribo este diario, ¿cómo lo diré?, acaece, ocurre, al alcance de mi oído, una disertación literaria de Cecilia Meireles, con dulzura de frasco de caramelo licuado.» El arte brasileño tampoco le produce mayor interés: «Aun el comercio aquí sufre el estrago del arte moderno. Porque en el comedor del hotel cuelga un cuadro de Portinari, bautizaron el comedor Salón Portinari.», comenta, en São Paulo, el sábado 30 de julio. ¿A que podría deberse este desconocimiento? ¿Tal vez a la animosidad de dos países vecinos? Una ignorancia que siempre hemos achacado a los españoles por la realidad lusitana y brasileña. Gracias a este diario descubrimos que semejante desconocimiento también se ha producido en los círculos intelectuales argentinos. La realidad política y social de Brasil que, en 1960, vivía un año electoral de manifiesta importancia tampoco capta demasiado su atención, ya que, recogiendo la opinión de un español residente en Río, escribe que «“para el espíritu liberal” convendría más el triunfo de Quadros, que el improbable del almirante Lott.» A esta leve referencia se reduce su visión de la realidad política brasileña, que vivía en la incertidumbre dramática y esperanzada del final del gobierno de Juscelino Kubitschek. Por lo general el escritor argentino se sirve de otras personas para emitir las opiniones más comprometidas de su libro como sucede en el siguiente comentario, puesto en la boca del delegado catalán en el PEN Club, Joan Mateu Ballester, referente a la situación social y al talante más o menos violento o racista del brasileño, concretamente del bahiano, que Bioy denomina bahiense:
«Lo que dijeron que aquí matan por amor, por honor o por política, es mentira. Por honor, al menos, nunca. Por política está prohibido. Por dinero, a veces. Por equivocación, las más. Dos personas en una taberna discuten una tontería, sobre cuál cerveza es mejor; uno se va, otro queda. Al rato vuelve el que se fue; apuñala a uno, que de espaldas puede ser el de la discusión de hace un rato, pero que es otro. Los bahienses matan por palabras. Y lo de verás peligroso, créame, son las fiestas». «No vayas nunca a un bautismo, don Adolfo. Allá corre sangre». «También es mentira que aquí la gente no haga distingos. Si vas con una puta negra, pagas menos. Mejor estar muerto que ser negro. No te bañes tres días en la playa de Santos, que si te tuestas ya no eres ni señor, ni don, ni siquiera Adolfo; eres una porquería.»
Este tipo de afirmaciones las he escuchado en numerosas ocasiones a los emigrantes o visitantes al gran país americano, nunca a los brasileños. Lo que tenga de cierto el comentario lo dejo al criterio de los lectores. ¿Es Brasil un país racista que hace distingos en relación al color de piel o al origen social? La respuesta a este pregunta es, ya desde Gilberto Freyre, piedra angular de la reflexión acerca de la sociedad brasileña y su constitución como pueblo mulato o mestizo.
Otro aspecto curioso de este relato es la lista de vocablos puramente brasileños que recoge el escritor argentino. En São Paulo, el viernes 29 de julio escribe en su diario:
«Vocabulario: esclava: mucama; sí: pues no; peatón: pedestre; caften: cafetón; apurado: elegante; graciosa: en portugués, agraciada; en brasilero: cómica.»
Y también el 30 de julio:
«Vocabulario: briga, brigar, pelea, pelear. De donde, brigante.»
Para los hablantes de español, ya sean americanos o europeos, estos términos llaman la atención porque a veces suponen ciertas peculiaridades que definen un determinado talante social o humano. Algo de gran interés para un escritor que necesita de los calificativos y de diferentes expresiones para narrar determinadas situaciones o actitudes de sus personajes. El lenguaje es una de las manifestaciones más significativas del carácter de un determinado pueblo.
Las impresiones de las ciudades visitadas por el turista y escritor argentino son quizás más sugerentes, aunque bastante escuetas. De Brasilia, que acababa de ser inaugurada ese año, dice que «propiamente dicha consiste en cierto número de casas en construcción –no tan pocas, advierto, como parecen desde el aire–, muy distantes una de otra. Aquello tiene algo del sueño de arte moderno de un funcionario imaginativo.» Escribe también en ese mismo miércoles, 27 de julio, que «Brasilia es ambiciosa, futura, pobre en resultados presentes, incómoda.» y cuenta que «fotografié, no sé con qué resultado, casas dignas del peor (o del mejor, tanto da) Le Corbusier y a indios, con orejas de un palmo y perforadas, que hace tres años vivían como únicos pobladores en la zona.»
Por su parte, São Paulo le parece «desmesurada, no hermosa» y, desde el avión, ya llegando a la ciudad porteña, escribe: «Vista desde el aire, Buenos Aires de noche es menos imponente que San Paulo, menos hermosa que Río. En Río diríase que hay una pedrería azul, roja, amarilla, blanca, verde, esparcida por montes y valles.» Pero esto sucede ya al final del viaje, cuando Brasil es una mancha en el recuerdo, cuando llega el momento de sacar conclusiones:
«El mejor recuerdo del viaje: sentirme solo en Brasilia, a muchos kilómetros de toda persona que sabe quien soy.»
Y es que todo este periplo solo le ha servido para darse cuenta de una dura e inevitable realidad: el escritor de este relato es un hombre de cuarenta y seis años que siente aproximarse la vejez: «Uno sabe que está viejo cuando aparecen lunares en las manos y nota que se volvió invisible para las mujeres», escribe el sábado 30 de julio ya en el avión que le devolverá a Buenos Aires.
Finalmente, como todo relato tiene que tener un final, se encuentra en Buenos Aires con una carta franqueada en Río de Janeiro por Ofelia que le rechaza justamente porque su tiempo ha pasado:
«Viejo verde, corruptor de menores, no me tendrás. Ophelia.»
¿Estamos tratando entonces con un libro de viajes o con el descubrimiento de la vejez, con una historia de amor imposible o con la suma de estupideces que se acumulan en un congreso de escritores? Brasil está como telón de fondo de algo que el escritor se niega a confesarse: la vida como el amor y la escritura pasan, envejecen y mueren. Nada permanece sino es el sueño o la ilusión de haberlo tenido, pues también los sueños pasan, envejecen y mueren. Quizá sea esta la única enseñanza que guarde esta crónica. ¿Dónde están, entonces, los diarios de viaje tan memorables de Goethe, Darwin o Lévi-Strauss? Han pasado también, aunque no hayan envejecido ni muerto. Emular aquella literatura es difícil, por no decir imposible, algo que tal vez ya intuyó Bioy en su crónica de Unos días en el Brasil.