Tenho uma grata notícia que comunicar aos cronopianos. Fui eleito pela Academia Brasileira (A.B.L.) como Sócio Correspondente. Envio um artigo do Jornal do Comércio falando disso.

Como colaboração para Cronópios (Las voces y los ecos) uma palestra minha na A.B.L. Confio que seja do interesse dos leitores do Cronópios.
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La crítica de Machado de Assis en las publicaciones españolas
En algún lugar de Río de Janeiro, en agosto ―o septiembre― de 1906, se reunieron el veterano escritor Joaquim Maria Machado de Assis y el maduro poeta Rubén Darío. Es triste que apenas nos queden referencias de este encuentro y que no sepamos dónde ni cómo se produjo, aunque sí tengamos el testimonio del poeta nicaragüense que lo hizo, como era habitual en él, en un soberbio poema:
A MACHADO D’ASSIS
Dulce anciano que vi, en su Brasil de fuego
Y de vida y de amor, todo modestia y gracia.
Moreno que de la India tuvo su aristocracia;
Aspecto mandarino, lengua de sabio griego.
Acepta este recuerdo de quien oyó una tarde
En tu divino Río tu palabra salubre,
Dando al orgullo todos los harapos en que arde,
Y a la envidia ruin lo que apenas le cubre.
En 1906 no era Machado un hombre feliz: su mujer, Carolina, había muerto dos años antes, estaba enfermo y se sentía sólo. Acababa de publicar Reliquias da Casa Velha y trabajaba para dar forma a su propio retrato de sabio, no exento de tristeza, que se plasmaría en Memorial de Aires. Por el contrario, Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío, o simplemente Rubén, estaba pletórico: había llegado a Río, como secretario de la delegación de su país, a la II Conferencia Panamericana y aún estaba reciente la edición de su Cantos de vida y esperanza (1905), una de las obras más optimistas y célebres de su trayectoria poética. Al Rubén mestizo, americano y español, indio y europeo, el encuentro con aquel socrático escritor no pudo dejar de impresionarle. No en vano, le tilda de moreno aristocrático, procedente de un país ―India― que había glosado en sus poemas como tierra de elefantes, palacios y princesas. Pero, además de “moreno de la India” el escritor carioca es también mandarino y sabio griego. A lo exótico suma, por tanto, lo más depurado de la tradición occidental y de la oriental.
¿Dónde conversaron y de qué? No lo sabemos. Machado no consigna el encuentro Sin embargo, en el poema se vislumbra una tarde ardiente y se esboza una honda reflexión sobre la grandeza humilde y la envidia mezquina y miserable, vanidosa y fatua. Algo debió removerse en el corazón del poeta para que dedicase a Machado estas cuartetas que, posiblemente, haría llegar a sus manos y que, más tarde, se incluiría en su libro Del chorro de la fuente (1916).
¿Conocía Rubén la obra de Machado? Al parecer, aunque no haya podido confirmar estos datos y me oriente por la opinión del profesor Pablo Rocca, de la Universidad de Montevideo (Uruguay), el diario La Nación, con quien colaboraba habitualmente el poeta nicaragüense, publicó en 1905 una traducción anónima de Esaú e Jacó, la última novela escrita por Machado en aquella tarde tórrida de 1906. Habrá que esperar a que los archivos de Rubén puedan arrojarnos alguna luz sobre el breve e intenso encuentro del que nos da noticia este significativo poema. Ningún otro escritor en lengua española de su generación nos han dejado testimonio alguno sobre el “mandarín carioca”. Ni el escritor cordobés, Juan Valera, que visitó Río de Janeiro en 1855 y a quien debemos un breve ensayo sobre la poesía de Brasil ni el novelista Benito Pérez Galdós que, entre agosto y septiembre de 1897, escribiera El abuelo, novela dialogada que narra la historia de un viejo aristócrata, ya casi ciego, que regresa a España, empobrecido, después de haber vivido en Perú. El anciano debe dirimir cuál de las dos hijas de su único vástago ya muerto es su verdadera nieta biológica, ya que su hijo ha dejado escrito que su mujer, Lucrecia, le fue infiel. En esta obra, que la crítica ha querido ver resonancias del Rey Lear, se pueden encontrar también parecidos, en ningún caso buscados o documentales, con obras como Dom Casmurro con la infidelidad como telón de fondo o Esaú e Jacó, donde un anciano diplomático regresa a la ciudad de sus orígenes y debe mediar en el enfrentamiento entre dos hermanos. Y digo que no existe relación porque Galdós nunca leyó a Machado ni conocía su existencia y creo que tampoco Machado la de Galdós. No era apenas una lengua o un océano los que separaban a ambos escritores, sino una ignorancia histórica, consuetudinaria.

Habrá que esperar a 1920, cuando la Editorial América, radicada en Madrid, publique la traducción de una selección de cuentos de Machado de Assis. Antes de comentar este volumen de poco más de doscientas páginas me gustaría glosar la figura de su traductor: Rafael Cansinos-Assens (Sevilla, 1882 ― Madrid, 1964) fue poeta, novelista, ensayista, crítico literario y, fundamentalmente, traductor. A él se deben las impecables ediciones completas que publicó la Editorial Aguilar en los años sesenta y setenta de Dosteievski, Goethe, Balzac o Andreiev. Todas ellas acompañadas de unas amplias introducciones críticas y biográficas de sus autores. También suya es la primera traducción directa del árabe de las Mil y una noches con un impecable estudio preliminar. Su trayectoria como intelectual le llevó a confraternizar con los modernistas como el propio Rubén, Francisco Villaespesa o Juan Ramón Jiménez, con autores de la Generación del 98 como Antonio y Manuel Machado, Ramón Gómez de la Serna y, posteriormente, de las vanguardias como Vicente Huidobro. Jorge Luis Borges se referirá a él como “su maestro”. Recientemente se ha iniciado en España la recuperación de este autor que fuera injustamente olvidado por la crítica franquista, ya que Cansinos reivindicó su ascendencia judía, tradición cultural y religiosa a la que dedicó alguno de sus libros, y fue crítico con el régimen del dictador. Tal vez por su contacto con Rubén Darío, Cansinos traduce estos once relatos tomados del libro Várias histórias (Río, 1896). Ya en la breve introducción explica que “Machado de Assis, el gran escritor brasileño, es universalmente conocido, gracias a las muchas traducciones que de su obra se han hecho en diversas lenguas. Acaso España sea el único país donde no se le ha traducido, al menos en libro, pues más de un periódico ha publicado cuentos suyos, traducidos probablemente del francés. Pero hasta hoy, que sepamos, no ha visto la luz entre nosotros una colección de cuentos como la que ahora ofrecemos a nuestros lectores, ni menos una novela del gran narrador, por ejemplo, esas deliciosas Memorias póstumas de Bras Cubas.” Recojo este texto por el interés que pueda tener a los interesados en la repercusión de la literatura y cultura brasileñas en la península de habla española y, específicamente, de la obra del fundador de la Academia Brasileña y uno de los escritores más universales del siglo XIX. Por lo que nos dice Cansinos en este breve nota, Machado habría sido traducido en publicaciones periódicas ―tal vez La Nación, de Buenos Aires, sea una de ellas―, pero nunca en libro. Otro dato que sorprende es la confesión de que muchas de las versiones de Machado de Assis al español se han realizado del francés y no del portugués. No pongo en duda las palabras de Cansinos porque no tendría sentido engañar a sus lectores en este tema. Lo que me interesa resaltar aquí es la lejanía, que todavía hoy se siente, entre el portugués de Brasil y el español de España. Y eso que la década del veinte puede ser considerada como una auténtica edad de plata de la cultura española con poetas como Juan Ramón Jiménez, Manuel y Antonio Machado, y los miembros de la generación del 27 ―García Lorca, Cernuda, Salinas, Guillén―, que en aquellos años iniciaban su andadura. Con ensayistas como Ortega y Unamuno. Con prosistas como Baroja, Azorín o Valle Inclán. Con compositores como Falla. Con pintores como Picasso, que en 1920 había ya transitado por el cubismo y era un artista de referencia en el París de las vanguardias. No hablamos de una España culturalmente indocumentada o corta de miras. Me refiero, por tanto, al mal endémico que antes mencionaba.
Y con ese mal endémico no pudo ni Rubén Darío ni Rafael Cansinos-Assens ni, posteriormente, Francisco Villaespesa que, en la década del treinta, inició la edición en español de una biblioteca brasileña de la que se publicarían apenas tres volúmenes de poesía ―Sonetos y poemas de Olavo Bilac, El navío negrero y otros poemas de Castro Alves y Toda la América de Ronald de Carvalho― y que tenía previsto también dedicar varios libros a la obra de Machado de Assis.
Sin embargo, será dos décadas más tarde, en 1943, cuando en la traducción de Luis M. Baudizzone y Newton Freitas, aparecerá en la Editorial Nova de Buenos Aires, la novela Don Casmurro, dentro de la colección Nuestra América, que el primero de los traductores citados dirigía. El libro está prologado por Jayme de Barros y supone la primera traducción conocida de esta novela al idioma español. En la década siguiente, concretamente en 1951, verá la luz Memorias póstumas de Blas Cubas en una traducción de Antonio Alatorre con introducción de Lucía Miguel Pereira. Antonio Alatorre (México, 1922) es, además de filólogo, escritor y traductor, responsable de diversas versiones de obras de autores brasileños como Graça Aranha o Paulo Freire. En su introducción la investigadora brasileña presentará al lector en lengua española la figura del mulato, tartamudo y epiléptico que, desde sus oscuros orígenes, llegó a ser presidente de la Academia Brasileña de Letras y director general del Ministerio de Comunicaciones. Pero estos éxitos profesionales no se lograron sin consecuencias, cuyas huellas quedan inevitablemente reflejadas en sus libros de madurez. Memórias póstumas de Bras Cubas ―que en la traducción cambia su nombre original por el de Blas― es para esta investigadora, autora por otra parte de un interesantísima biografía crítica del escritor carioca y de un interesante análisis de la narrativa brasileña premodernista, “la primera obra libre y sincera del gran novelista” e “importantísima para comprender la configuración de aquel hombre esquivo.” Sin duda que la prologuista intentaba llamar la atención de los lectores en lengua española hacia uno de los grandes autores de la lengua portuguesa del siglo XIX, por no decir ―algo que Lúcia Miguel Pereira no se atreve a declarar― que se trata del más importante, del más audaz en sus planteamientos narrativos y, tal vez, de uno de los más escépticos y desconsolados.

En 1955, la editorial Espasa-Calpe, en Buenos Aires, publicará la novela Don Casmurro en la versión de Ramón de Garciasol, pseudónimo de Miguel Alonso Calvo (Guadalajara, 1913- Madrid, 1994). El traductor destacó también como poeta social y en este campo obtuvo diversos premios. Sin embargo, posiblemente no debido a su responsabilidad, en esta edición se daba como autor de la novela a un tal José M. Machado de Assis ignorando que era Joaquín el nombre de pila del autor de Dom Casmurro.
Como estas dos traducciones se editaron fuera de la península ―en México y en Argentina, respectivamente― no he conseguido encontrar reseñas o críticas en las revistas culturales y literarias de la época, a excepción de la referencia del crítico uruguayo, Emir Rodríguez Monegal, quien en 1972 (El boom de la novela latinoamericana) apuntaba que Memorias póstumas de Bras Cubas era la novela precursora de toda la gran narrativa latinoamericana del siglo XX.
Por otra parte, las primeras referencias a la obra de Machado de Assis que se publican en la península ―como no podría ser de otro modo― son en la Revista de Cultura Brasileña que, desde 1962, editada por la Embajada de Brasil en Madrid, dirigió el poeta Ángel Crespo (Ciudad Real, 1926 ― Barcelona, 1995), tal vez el primer brasileñista español. Ángel Crespo fue uno de los poetas más destacados de la generación de la posguerra, ensayista y traductor, a quien le debemos el conocimiento en España de la obra de Fernando Pessoa y asimismo una traducción de la Divina Comedia en tercetos encadenados. También son suyas una versión española de Grande sertão: veredas (1963) y una Antología de la poesía brasileña (1973) en castellano. En la revista que dirigió se reprodujo, en diciembre de 1962, el trabajo de Hendrik Houwens Post, publicado dos años antes en los Annali dell’Instituto Universitario Orientale, de Nápoles, donde el erudito belga desvela algunas incógnitas de las Memórias póstumas centrándose en el mito de Sísifo, en el absurdo existencial y en la voluptuosidad de la nada. No creo que la repercusión de este artículo (“El autor brasileño Machado de Assis y el mito de Sísifo”) haya sido muy significativa, ya que no se vuelve a publicar nada sobre Machado de Assis hasta mayo de 1973, mes en el que la Revista de Cultura Brasileña, en su número 35, reproduce un artículo de Pinto do Carmo (“Algunas figuras españolas en la prosa brasileña de ficción”), donde el erudito cearense menciona a dos personajes de Machado cuyo origen es español: la “linda Marcela” de Memórias póstumas y el criado español de Rubião, de Quincas Borba.

También de una forma tangencial, se refiere Hélio Polvora al autor carioca en el trabajo (“El moderno cuento brasileño”), que publica, en junio de 1974 la Revista de Cultura Brasileña, donde el crítico bahiano sitúa en Machado el origen de las historias cortas brasileñas. Y en diciembre de ese mismo año, como respuesta a la edición de El alienista, en traducción de Martins y Casillas, la misma publicación reprodujo un artículo de Augusto Meyer tomado del libro que el crítico y ensayista de Porto Alegre dedicó al autor de Memórias póstumas de Bras Cubas en 1935. Aunque la Revista de Cultura Brasileña intentase llamar la atención sobre la obra del escritor carioca y, concretamente, sobre la reciente edición de El Alienista, la reseña de esta obra sólo apareció en abril de 1976 en la revista Cuadernos Hispanoamericanos que, en la época, dirigía el poeta Luis Rosales. En aquel número de Cuadernos Hispanoamericanos se reproducía un trabajo de José Miguel Oviedo, donde el crítico peruano llama la atención sobre la ignorancia casi desdeñosa que el medio hispánico muestra por la gran literatura brasileña. Escribe: “Machado de Assis tiene todo el derecho de ser llamado un clásico de estas Américas y es nuestra vergüenza que sea un clásico ignorado.” Su artículo que alude al mundo de las apariencias y a la locura, punto en el que compara este relato con El Quijote, concluye afirmando que “usando una técnica central ―la hipérbole cómica―, Machado de Assis llega a mostrarnos que, literalmente, el mundo está al revés; o mejor, que es su revés.” En el mismo número se publicó también otra reseña de Memórias póstumas de Bras Cubas que, en la traducción de Rosa Aguilar, había aparecido en 1975 en las librerías españolas. En este artículo, el crítico afirma que “las Memorias de Bras Cubas permiten a Machado de Assis entregarnos su visión del mundo desde sus preocupaciones estéticas; el relato nos hunde en un oleaje expresivo de acabada belleza.”
A esta novela se referirá asimismo el escritor Juan Rulfo en el prólogo a la reedición de la mencionada traducción de Antonio Alatorre realizada por la Universidad Autónoma de México (UNAM) en 1982. El autor de Pedro Páramo señala primeramente el alejamiento entre las literaturas americanas en portugués y español debido a que, en sus propias palabras, “parece que se hubieran establecido barreras intelectuales, ya que hasta la fecha aún son muchos los hispanoamericanos ajenos a la literatura brasileña, y lamentablemente, muy pocos quienes se ocupan de estudiar las numerosas obras que aportan a nuestro continente una valiosa y amplia riqueza cultural.” Por lo que respecta a la obra machadiana afirma: “Blas Cubas, aunque no estaba desligado totalmente del romanticismo, señalaba ya un arraigo con el Brasil y la potencial identidad con el país. Sus personajes eran típicos de Río, pero recreados por la memoria pretérita de Blas Cubas; esto le permitió operar sobre ellos libremente. La sátira y la ironía que utilizó le dieron margen para hacer una crítica despiadada de la sociedad; pero al mismo tiempo creó un lenguaje nuevo, evocador y lleno de matices hasta entonces no experimentados por otros autores. Y así, este hombre, quien por su origen se decía que «no era ni bien nacido», logró encumbrarse como maestro de varias generaciones.”
Dos años más tarde, en 1984, la revista Quimera publicará una breve nota de Juanjo Fernández en la que se trata de rescatar ―se titula “Rescate” la sección en la que se incluye este artículo― la figura de Machado de Assis de cuya producción literaria, confirma el autor del trabajo, sólo existe en el mercado español de la península una sola obra: El Alienista. Tampoco son ajenos a este “rescate” del gran autor brasileño los intereses editoriales. En ese año la editorial Montesinos, responsable también de la publicación de la revista Quimera, preparaba una edición de Memorias póstumas de Blas Cubas, con una traducción de José Ángel Cilleruelo, en la que se cambia el nombre del personaje ―Blas en vez del Brás brasileño― siguiendo una tradición iniciada por Antonio Alatorre.
Juanjo Fernández, en este breve texto (“Machado de Assis, la vida es una ópera”), afirma: “Precisamente fue la hipocresía pequeño-burguesa lo que Machado de Assis mejor describió, satirizándola con la mezcla de humor ligero y escepticismo deliberado que se puede apreciar desde El Alienista hasta sus novelas. Con una escritura que combina la desenvoltura ―y hasta la desfachatez― y la espléndida facilidad narrativa, estableciendo un diálogo amistoso y sarcástico con el lector, al que convierte en cómplice de un juego que Machado de Assis domina en todo momento.” Y concluye: “Así la ficción riza el rizo: ¿qué es más verdadera, la «vida real» o la de los libros (entre los que Machado de Assis pasó toda su vida)? La literatura, refugio, mundo de ilusiones que compensa la ingratitud de la vida, acaba imponiéndose a ésta, burlándose soberana y perdurablemente de una «vida real» que en el fondo es pura apariencia e ilusiones insatisfechas.” Como José Miguel Oviedo en su reseña de Cuadernos Hispanoamericanos, Juanjo Fernández en esta breve nota de Quimera resalta el absurdo y el hecho de volver el mundo del revés (rizar el rizo) como características del ámbito narrativo del autor carioca.

Esta afirmación de que la literatura es lo real, mientras que la vida es la ficción será una de las constantes de la crítica española a la obra machadiana que se producirá en la década del noventa. De momento, en estos años ochenta, poca cosa se puede rastrear en las revistas culturales españolas que se refieran a su personalidad o a su producción literaria. Sin embargo, pese a esta escasez, algunas voces llaman la atención sobre su importancia. Nélida Piñon en una entrevista concedida a la escritora Carmen Riera, publicada también en Quimera en 1986, destaca que “Machado me parece el más grande de los escritores brasileños. Le adoro profundamente. Es el mejor novelista latinoamericano del siglo pasado, el genio mayor del Brasil.” Y no es otra la opinión de un veterano traductor de literatura brasileña, Mario Merlino quien en un cuaderno especial de la revista Letra Internacional, de la primavera de 1989, escribirá que “al hablar de la novela brasileña contemporánea, resulta indispensable mencionar a Joaquim María Machado de Assis […]. Según el escritor paraguayo Rubén Bareiro Saguer, gracias a la síntesis que Machado de Assis realiza entre la «savia local» y la influencia europea, Brasil se adelanta literariamente a los demás países de América. Machado sostenía una postura crítica frente a los movimientos más importantes del siglo XIX, el romanticismo y el realismo, y adoptaba una actitud ecléctica: «saco de cada cosa una parte, y hago mi ideal de arte al que abrazo y defiendo». Lo más importante en Machado de Assis, desde el punto de vista de su influencia en los narradores contemporáneos, es el desarrollo de la introspección, el «viaje alrededor de uno mismo», lo que permite una fusión en el paisaje ―en este caso urbano― y la mirada que de él se adueña. Utilizando el procedimiento del «diario» como recurso para quebrar la sucesión narrativa lineal, así como el fragmentarismo resultante en las escenas breves, Machado de Assis renueva la literatura de su época. En su estilo hay mucho del humorismo filosófico de Voltaire y del distanciamiento irónico de Sterne.”
Machado de Assis “se adelanta literariamente a los demás países de América”, “es el mejor novelista latinoamericano del siglo XIX”. El autor de Memorias póstumas… es presentado como un grande antes de ser leído detenidamente por los escritores de lengua española, a excepción de Juan Rulfo, que destacó la obra de Machado y la de Guimarães Rosa como las escrituras más originales de América Latina, o el poema de Rubén Darío, que sirve de introducción a este artículo.
En 1990, la revista Quimera reproducirá un artículo de la autora estadounidense Susan Sontag. Comienza explicando esta escritora quien era y cómo logró desarrollarse el genio del mulato y epiléptico Machado de Assis en un país donde aún no se había abolido la esclavitud, cómo escribió lo que escribió, consiguió ser funcionario y fundar la Academia Brasileña. “Sin embargo ―puntualiza Susan Sontag― fuera de su país natal, que le honra como a su más grande escritor, sus obras maestras son poco conocidas y raramente mencionadas. [...] Estoy asombrada de que un escritor de esta magnitud no ocupe todavía el lugar que merece.” A continuación, la autora norteamericana explica el tronco literario al que pertenece Machado que echa sus raíces en De Maistre y Sterne ―ya mencionados por el autor de las Memorias póstumas… en el prólogo a su libro―, continúa por Robert Walser, Kafka, Italo Svevo (La conciencia de Zeno y Senilidad), Samuel Beckett, Thomas Bernhard, Bohumil Hrabal o Natsume Soseki (Yo, el gato). Refiriéndose al autor irlandés en lengua francesa explica que “los narradores de Beckett siempre tratan, y no siempre con éxito, de imaginarse muertos a sí mismos. Blas Cubas no tiene ese problema. Pero Machado de Assis quería ser, y lo es, divertido. No hay nada morboso acerca de la consciencia de su narrador póstumo; al contrario, la perspectiva de máxima consciencia ―que es lo que más ingeniosamente un narrador póstumo puede pretender― es una perspectiva cómica. Desde donde Blas Cubas está escribiendo no es exactamente el más allá (porque carece de geografía), sino desde el territorio de la libertad creativa.” Nos encontramos, por tanto, con una actitud literaria eminentemente contemporánea que sólo a finales del siglo XX hemos sido capaces de evaluar Y esta evidencia hace que Machado de Assis sea un autor incomprendido no sólo en su tiempo, sino también en nuestra actualidad europea. Sontag se sorprende también de que su obra haya sido traducida al idioma inglés y valorada por los lectores anglosajones antes que por los de habla hispánica tanto en España como en América Latina: “Seguramente Machado hubiera sido mejor conocido si no hubiese sido brasileño y pasado toda su vida en Río de Janeiro.”
Tras esta llamada de atención a críticos e intelectuales, no sorprende que la editorial Cátedra publique, un año más tarde, la edición crítica de la novela Don Casmurro, prologada por Pablo del Barco que es también su traductor. El poeta y artista plástico Pablo del Barco es uno de los pioneros en conocer y divulgar la literatura brasileña, siendo autor de excelentes versiones de los poetas Carlos Drummond de Andrade, João Cabral de Melo Neto, Murilo Mendes o Ferreira Gullar, entre otros muchos. En su amplia introducción a la novela, el traductor y crítico ofrece una semblanza de la evolución artística y humana del escritor carioca, de sus dificultades y logros, para acabar señalando su incuestionable originalidad dentro de la tradición literaria brasileña:
“Pocas de las preocupaciones que integran la narrativa de Brasil hasta el Romanticismo parecen aflorar en la obras de Machado de Assis. No hay rastros del aborigen, pocos datos sobre negros y mestizos formantes del paisaje rural o urbano del país, escasísimas alusiones a la bellísima geografía, pero sí voluntad de simplificar la narración y necesidad de comunicación con el lector, al que implica directamente en el transcurso de sus obras.”
Para Pablo del Barco la gran preocupación de Machado de Assis fue su deseo de ascender socialmente, siendo como era un mulato descendiente de mulatos libertos, y que se sirvió de su producción periodística y, posteriormente, literaria para lograrlo. Este querer “blanquearse” a toda costa hace de él un escritor extremamente cauteloso en sus opiniones, y muy reservado en su conducta y en su obra, que refleja el tiempo histórico que le tocó vivir: el Segundo Reinado, los conflictos fronterizos con Uruguay primero y con Paraguay más tarde, la ley de la abolición de la esclavitud, el nacimiento de la Primera República. Todos estos acontecimientos son tratados indirectamente y sin emitir ningún parecer personal. Sin embargo, ello no le impide ser considerado como el más grande escritor brasileño de su siglo y, posiblemente, de todos los tiempos. Explica Pablo del Barco que “de las grandes causas sociales, y sin entrar en la mecánica político-social, Machado de Assis se reservaba el análisis del hombre, tratando de profundizar más allá de lo que de poético tenían los afanes de libertad y emoción del individuo romántico.”
Esta vocación de universalizar Brasil, de arrancarle lo puramente localista y de vestir a sus personajes con los ropajes de la gran cultura europea y clásica, que el gran lector que fue Machado de Assis frecuentaba asiduamente, es lo que le convirtió en uno de los grandes escritores de su siglo en el ámbito occidental. ¿Cómo negar que Don Casmurro es una réplica de gran altura de Otelo?
“Surge de inmediato”, escribe el traductor, “la comparación con las figuras de Otelo y Desdémona (Santiago y Capitu) como antecedentes próximos, como paradigmas de una actitud que será traducida a Don Casmurro. El adulterio se hace así más literario que real.”
Pero no es únicamente Shakespeare el autor de referencia. Pablo del Barco enumera a numerosos escritores europeos y brasileños a los que el novelista carioca cita, menciona o sugiere en su texto. La enorme erudición de Machado de Assis también alcanza, en la opinión del traductor y crítico, a la figura del diplomático y escritor español, Juan Valera, que vivió en Río de Janeiro entre 1851 y 1853. Pablo del Barco traza algunas líneas de paralelismo entre las novelas Pepita Jiménez o Genio y figura, ambientada en la ciudad carioca, con Don Casmurro. No existe prueba documental de que Machado conociese la obra de Valera, así como es improbable que éste último leyese la de Machado, sin embargo, pueden reconocerse ciertas semejanzas en el perfil de sus personajes y en las intrigas amorosas debido, a mi parecer, más a las grandes preocupaciones sociales de su tiempo, que a un conocimiento aunque fuese ocasional entre ambos autores. Los temas de Valera, como muchos de los de Machado, se pueden encontrar también en Eça de Queiroz o en Balzac, escritores que ambos novelistas conocían bien. Sin embargo, este apunte comparativo de Pablo del Barco es interesante en la medida que intenta aproximar ambas literaturas e invita a posibles estudios entre obras literarias españolas y brasileñas.
El traductor de Don Casmurro concluye su ensayo mencionando la aparición de las traducciones españolas de Memorias póstumas de Brás Cubas y de Quincas Borba, en Barcelona y Madrid, respectivamente.
Por su parte, la revista Quimera se hace eco, en 1993, a través de una reseña firmada por Paco Marín, de la aparición de Helena, traducida por Basilio Losada el año anterior. El crítico afirma que “Machado de Assis se mueve con comodidad a lo largo de todo el libro y su prosa de maestro deja fluir la trama con una gracia pasmosa. En esa situación sólo un aspecto de su desarrollo puede resultar pobre para el lector actual, el del carácter blanco o negro de los personajes en los que se echan de menos matices menos estereotipados de virtud o malicia. Pocos años más tarde, el memorable Blas Cubas hubiera hecho mofa de tanto empeño en respetar las normas, pero las cosas son como son y no merece la pena insistir en ello. Por contra, sí cabe recriminar a la novela un final excesivamente precipitado que le quita buena parte de la medida elegancia de que hace alarde, aunque eso no quita que su lectura sea un remanso para lectores avisados.” Destaca, por una parte, en esta breve reseña el interés del crítico por dar una visión global del autor y no un análisis puntual de la obra. Por otra, se decanta por la novela que más llamará la atención de críticos e intelectuales españoles e iberoamericanos: Memorias póstuma de Brás Cubas
En este sentido puede apreciarse la crítica que realizará también de esta misma novela y de la de Quincas Borba, traducida también por Basilio Losada, el crítico literario, y entonces ministro de cultura español, César Antonio Molina. Dice en su artículo, más tarde reproducido en el libro Nostalgia de la nada perdida, que Machado de Assis “sin lugar a dudas, a pesar de su desconocimiento entre nosotros, es uno de los más grandes narradores de finales del siglo pasado.” Y añade que “Machado crea una obra «semejante» a la vida, alejándose así de ser un mero «copista».” Y precisando esta afirmación explica que “Machado enfrenta al paisaje del mundo, el paisaje íntimo. Machado se adelanta así en la ficción introspectiva y psicológica. El mundo no es solamente aquello que se percibe como tal, sino que también está formado por el cúmulo de símbolos que arrastra el individuo desde sus orígenes.” Con estos presupuestos, no le resulta difícil al crítico analizar los movimientos anímicos de Rubião o de Helena en sus respectivas novelas. Y concluye: “Evidentemente, el lector de hace un siglo no es el lector de hoy. Muchos de aquellos grandes asuntos que levantaban polémicas y creaban escándalos hoy nos parecen insignificantes. Pero Machado supera con creces esta barrera del tiempo con un estilo impecable y a veces tan magistral como en Memórias póstumas de Brás Cubas.”
Ese mismo año de 1996, en el mes de mayo, una serie de intelectuales y críticos se reunirán en la Casa de América para debatir la personalidad y la obra de Machado de Assis en el primer congreso realizado en España sobre este autor. A este encuentro asistieron, entre otros, académicos como Nélida Piñón y Eduardo Portella, críticos brasileños como Roberto Schwarz, escritores como Carlos Fuentes y Julián Ríos, traductores y críticos españoles como Mario Merlino, Basilio Losada o el autor de estas páginas. Tal vez, lo más significativo fue presentar de una forma oficial y académica, al gran público y al lector especializado, la figura de Machado: su grandeza y desvalimiento, su ironía e inventiva, su inmensa fortaleza en su fragilidad. Aunque me sería del todo imposible reproducir aquí todo lo que entonces se dijo, ya que las actas de dicho congreso no han sido publicadas, me gustaría resaltar la opinión de dos escritores: Julián Ríos y Carlos Fuentes. El primero, como atento lector de la obra machadiana, buscará las fuentes literarias del autor de Memorias póstumas no ya en Stern o De Maistre, sino en Cervantes y Rabelais: “A partir de Don Quijote de la Mancha y de sus herederos al otro lado de la Mancha […] Machado de Assis va a continuar la exploración de la página: espacio lleno de posibilidades insospechadas. La forma en que Machado fragmenta la novela, su arte nuevo de capitular, diríamos, acelerando o retardando la narración, variando sus ritmos, constituye uno de los aspectos más innovadores de su obra de madurez, a partir de la Memórias póstumas de Brás Cubas.” Y continúa: “Esta reticulación y división prismática de la narración […] le permitió incorporar en la novela una serie de formas simples y elementos heteróclitos, aforismos, diálogos, epitafios, cuentos, crónicas, ensayos, diversos juegos tipográficos…” Sin duda, como destaca este escritor, Machado se adelantó a su tiempo y sólo encontraría en la literatura brasileña una respuesta a su estética fragmentaria, a su ironía, en la figura del modernista Oswald de Andrade. Pero hay algo más, una suerte de transcreación en Machado como la había en Cervantes, cuyo Quijote había escrito un autor árabe ―Cide Hamete Benengeli― y que la vida refrendó haciendo que un epígono de Lope de Vega, que firmaba como Alonso Fernández de Avellaneda, escribiese una segunda parte antes de que su verdadero autor pudiese terminarla. En el caso de Machado de Assis, transmutado en Bras Cubas, son los gusanos ―los que habrán de roer su cadáver― los destinatarios de su obra. “En realidad este gusano ha de ser el lector”, comenta Julián Ríos, “verdadero gusano de biblioteca, que es el que tiene que hincarle el diente a la novela, asimilarla.” “¿Lector voraz en lugar de veraz?”, se pregunta., “¿Sabe realmente a qué sabe lo que devora?”. Entre juegos de palabras, el escritor español recordará, a la manera de Susan Sontag, la estirpe de escritores a la que pertenece Machado como Carrol, Chejov o Kafka, además de los ya mencionados. Podría citar a otros, podría citar a miles y no citar a ninguno, porque lo que caracteriza a la inteligencia y la ironía machadiana, a su realismo crítico, a su capacidad de retratar ―como en un lago de aguas transparentes― la superficie donde se refleja la hondura y la mezquindad dramática de la naturaleza humana es privativo de los más grandes escritores y esa estirpe, aunque no abunda, se ha reproducido en muchas lenguas. Concluye Julián Ríos diciendo:
“En el último capítulo de las Memorias póstumas…, el de las negativas, Brás Cubas hace balance de su existencia, y después de una retahíla de noes, «no alcancé la celebridad del emplasto, no fui ministro», etc., acaba con este balance positivo: «No tuve hijos, no transmití a ninguna criatura el legado de nuestra miseria».
Machado de Assis tampoco tuvo hijos de la carne; pero, en cambio, transmitió a una serie de escritores de diferentes países y nacionalidades su legado: la conciencia de nuestra tragicómica miseria humana. Ahí empiezan verdaderamente las aventuras póstumas de Machado de Assis.”
Julián Ríos (Vigo, 1941), autor de obras experimentales como Larva (1983), Poundemonium (1986) o La vida sexual de las palabras (1991) está considerado como uno de los renovadores de la prosa española y es un profundo admirador de las obras de Joyce o Pound. Su llegada a la obra machadiana se ha producido desde el mundo anglosajón y es, por tanto, un buscador de lo novedoso, de los giros del estilo machadiano, de su ironía voraz, como recuerda, además de veraz.
Carlos Fuentes, por su parte, busca los orígenes de la historia de Brás Cubas en la tradición que él denomina de La Mancha en contraposición de la de Waterloo, que se definiría por su realismo y tendría como representantes a Stendal, Balzac, Dostoievski o Tolstoy. Sin embargo, la otra línea de la narrativa ―la de la Mancha― que se iniciara con el Quijote, de allí su procedencia, tendría como herederos a Tristram Shandy, a Jacques el Fatalista, de Diderot, y al héroe de Machado de Assis. La matización de estas dos vertientes narrativas, que atravesarán como dos coordenadas toda la historia de la novela, son descritas de la siguiente manera:
“La tradición de Waterloo se afirma como realidad. La tradición de La Mancha se sabe ficción y, aún más, se celebra como ficción.
Waterloo ofrece rebanadas de vida. La Mancha no tiene más vida que la de su texto, haciéndose en la medida en que es escrito y es leído.
Waterloo surge del contexto social. La Mancha desciende de otros libros.
Waterloo lee al mundo. La Mancha es leída por el mundo.
Waterloo es serio. La Mancha es ridícula.
Waterloo se basa en la experiencia: nos dice lo que sabemos. La Mancha se basa en la inexperiencia: nos dice lo que ignoramos.
Los actores de Waterloo son personajes reales. Los de La Mancha, lectores ideales.
Y si la historia de Waterloo es activa, la de La Mancha es reflexiva.”
Carlos Fuentes, al inscribir a Machado de Assis ―el Machado de las Memórias póstumas…― en la escuela de La Mancha, no sólo le reconoce como heredero de la tradición cervantina y rabelaisiana, sino que también le hace precursor de Rulfo, Cortazar y Borges, americanos en lengua española que defienden los giros de la imaginación sobre la tosca realidad, que quieren trascenderla a través de los libros ―Borges―, del absurdo ―Cortazar― o de la muerte ―Rulfo―. Como ellos Brás Cubas escribirá sus memorias desde su muerte lleno de dudas ante una existencia de la que todo lo que puede extraer es la “voluptuosidad de la nada”. O en palabras del autor de Terra nostra:
“Blas Cubas traslada su propio pasado vivo y su propio presente muerto al lector, con mucho del humor de Cervantes, Sterne y Diderot, pero con una acidez, a veces una rabia, que sorprende en personaje y autor tan dulces como Blas Cubas y Machado de Assis, si no nos advirtiesen ambos, desde la primera página, que estas Memorias póstumas están escritas «con la pluma de la risa y la tinta de la melancolía». Esta me parece la frase esencial de la novela manchega del novelista carioca: escribir con la pluma de la risa y la tinta de la melancolía.”
Melancolía, humor, insólita perspectiva de un narrador que ha muerto y toma distancia de la vida para contarla. Carlos Fuentes, como Julián Ríos, beben en las opiniones de Susan Sontag. El autor de La muerte de Artemio Cruz mencionará al menos dos veces a la escritora norteamericana para apoyar sus ideas. Y los tres reconocen la línea fantástica de Machado de Assis ―deberíamos precisar de Brás Cubas― semejante a la de otros autores fantásticos y fantasmagóricos que cada uno lleva en su cartera. Kafka y Beckett, en el caso de Sontag, o Joyce y Pound en la de Ríos.
“Machado, el brasileño milagroso,” concluye Carlos Fuentes, “nos sigue descifrando porque nos sigue imaginando, y la verdadera identidad iberoamericana es sólo de nuestra imaginación, imaginación literaria y política, social y artística, individual y colectiva.”
En 1997, en su número correspondiente al mes de diciembre, la revista Cuadernos Hispanoamericanos dedicó dos artículos a Machado de Assis. Esta revista es editada por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), antes Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI), antes Instituto de Cultura Hispánica (ICH), que tenían y tienen, desde distintas ópticas históricas, políticas e ideológicas, la misión de divulgar e incentivar la cultura americana en España. Los trabajos publicados en ese número de Cuadernos estaban firmados por dos profesores universitarios. El primero, de Francisco José López Alfonso, profesor titular de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Valencia y autor de diversos trabajos sobre autores brasileños como Guimarães Rosa o Fonseca, busca elementos comparativos entre el Catrín (1832), de Fernández de Lizardi, y El alienista (1881), de Machado de Assis. Aparte de que la novela del mexicano se adelante en cincuenta años a la del brasileño, lo que el profesor López Alfonso defiende es el valor simbólico de la Casa Verde, donde el doctor Simón Bacamarte encierra a sus dementes y acaba por encerrarse a sí mismo. Esa Casa Verde es para el profesor de la Universidad de Valencia también una Casa Vieja y una Casa Grande. Es decir, lugar de un pasado que sigue actual en el Brasil pre-abolicionista y que el escritor carioca quiere presentar de forma subliminal haciendo alusión a la locura humana:
“Machado, que tanto sufrió intentando ocultar sus rasgos mulatos, sabía que la tradición de las generaciones muertas pesa como una montaña sobre la mente de todos los vivos y alude maliciosamente a la locura de la población por blanquear su sangre, cuando Bacamarte mete en su manicomio a todos los que se pasean con un anillo de plata en el dedo pulgar de la mano izquierda, después de haber solicitado él mismo su uso para «toda persona que, sin otra prueba documental o tradicional, declarase tener en la venas dos o tres onzas de sangre goda.»”
En opinión de López Alfonso, la manera sibilina de Machado para plantear determinados temas espinosos de su tiempo, se debe a que no podían ser defendidos abiertamente por un hombre de color, por un mulato ―los blancos tenían todos los derechos, incluso el de ser abolicionistas―, y suponen, por otra parte, el mantenimiento de unos principios ancestrales y ajenos a la racionalidad de su tiempo. Lizardi y Machado se verían, así, aunados en un mismo proyecto de denuncia de lo caduco e injusto, y de una modernidad necesaria en sus respectivas sociedades:
“La novela de Machado constituía una áspera crítica que apuntaba justamente a las bases espirituales y sociales de la época: el temor erigido en sistema de pensamiento y en poder político a la vez. Machado etnologizaba su mirada y captaba la forma en que se utilizaba el saber científico, el modo en que se delimita o, por mejor decir, universaliza su competencia, el proceso de formación de sus objetos de conocimiento; y, sobre todo, denunciaba como falacia la pretendida objetividad de la ciencia.”
La Casa Verde de Bocamarte está en el mismo proyecto científico del “humanistismo”, la filosofía de Quincas Borba, o del emplasto, de Brás Cubas. Son formas de una ironía que harían sonreír a los lectores de Machado al tiempo que les haría reflexionar sobre las contradicciones de la sociedad a la que pertenecían.
Como un contrapunto, el segundo trabajo aparecido en este número de Cuadernos Hispanoamericanos, pertenece a la profesora de la Universidad de São Paulo, María Augusta da Costa Vieira. La profesora paulista es una autoridad brasileña en el siglo de oro español, así como López Alfonso en literatura latinoamericana, y busca las relaciones conflictivas que se producen entre lector y autor en el Quijote, en las Memórias póstumas y en Viagens na minha terra, de Almeida Garret, libro éste último ya mencionado en el prólogo de la obra machadiana. Tras un análisis pormenorizado de las estrategias narrativas de las respectivas obras, la profesora Costa Vieira analiza el enfrentamiento entre narrador y lector, y la relación de poder que se establece entre ambos, donde se “desvelan la fragilidad de la ilusión realista” y “se reflexiona sobre el modo de ser de la literatura.”
Aparte de las tesis defendidas por estos profesores universitarios, quisiera llamar la atención por la feliz idea de hacer coincidir en una misma publicación los esfuerzos de investigadores de la península y del continente americano en la elaboración de unos estudios comparativos entre ambos acervos literarios. Esta misma táctica empleó la revista al presentar en abril de 2000 un cuaderno especialmente dedicado al autor de Dom Casmurro. En aquella ocasión colaboraron el escritor João Almino, los profesores de la Universidad de Yale, David Jackson, y de Liberpool, John Gledson, de la Universidad de São Paulo, João Alexandre Barbosa, fallecido hace apenas dos años, de la Universidad de Buenos Aires, Carlos Alberto Pasero y, finalmente de la Universidad de Barcelona, Isabel Soler. Muchos de estos artículos se habían publicado previamente en la revista Brasileña Cult, mientras que otras contribuciones se presentaron originalmente para Cuadernos Hispanoamericanos. Si João Almino, como escritor, destacaba la importancia de Machado entre los intelectuales, David Jackson realizaba una lectura comparada entre la teoría machadiana, o mejor quincasbordiana, del “humanitismo” con la antropofagia modernista. Por su parte, John Gledson desgrana en una entrevista los misterios que envuelven la biografía y la personalidad del autor de Memorias póstumas, o el profesor y crítico Barbosa desvela algunos de los secretos de Dom Casmurro, publicada en 1899, pero sólo leída en 1900, por lo que la considera como la mejor novela del pasado siglo. El profesor de la Universidad de Buenos Aires expone en su trabajo el arte del cuento machadiano. La profesora de la Universidad de Barcelona, que también se centra en la narrativa breve del autor carioca, concluye su trabajo diciendo que “el bisturí de palabras que Machado de Assis utiliza en su prosa secciona y muestra lo más oscuro de las pasiones humanas.” Y en este sentido lo compara a otro de los grandes de la literatura rusa como es Dostoievski. Este número tuvo la importancia, de aunar, como en congreso de la Casa de América, los esfuerzos de americanos y españoles a la hora de iluminar una personalidad tan compleja y tan poco conocida en España.
Cuadernos Hispanoamericanos reproducirá, en diciembre de 2001, un artículo de la profesora de la Universidad de São Paulo, Leyla Perone-Moisés, donde se establecen determinadas afinidades entre Machado de Assis y Borges en el sentido de la presencia/ausencia en sus obras de un espíritu nacionalista. La profesora de la Universidad de São Paulo defiende justamente las raíces americanas de ambos escritores sin que ello les reste universalidad y apunta a la “ironía”, diversa, pero ineludible, que define el comportamiento narrativo de ambos autores, como una de las señas de su identidad local y cosmopolita.

Un año más tarde, dentro del proyecto de Vidas Literarias, que dirigió la escritora Nuria Amat para la editorial Omega, de Barcelona, se incluía una biografía crítica y una antología de textos de Machado de Assis. Su autor y traductor es el escritor chileno, Jorge Edwards, quien se pregunta en el ensayo introductorio: “¿por qué se produjo en el Brasil, en la segunda mitad del siglo XIX, y no en el resto de la América mal llamada Latina, un caso literario de la complejidad, de la originalidad, de la agudeza del de Machado de Assis?” Tal vez el objetivo no definitivamente logrado de este ensayo introductorio sea responder de alguna forma a esta pregunta. Y la biografía, las memorias, ya sean o no póstumas, de Machado de Assis, poco pueden aportar, además de lo conocido por todos. Jorge Edwards, dándose cuenta de que la literatura es otra forma de narrar la vida, distinta de la histórica, llega a comentar que “Machado de Assis no hizo otra cosa a lo largo de su madurez que escribir memorias ficticias, memorias tramposas, nada confiables.” No creo que novelas como Dom Casmurro, las propias Memórias póstumas o Memorial de Aires puedan ser catalogadas como las obras de un tramposo, pero el escritor chileno que, acaba por confesar su incapacidad para explicar el fenómeno Machado de Assis, concluye su ensayo diciendo:
“El novelista es uno de los más interesantes fenómenos secretos, marginales, de la literatura universal. Su escultura en bronce, de cuerpo entero, sentado, se halla al frente del edificio de la Academia Brasileña de Letras, en Río de Janeiro. El escritor tiene ahí una cara adusta, medio desafiante. Pero su monumento está en media docena de novelas y en algunas decenas de cuentos. Sus cuentos parecen objetos verbales esculpidos a cincel. Fue uno de los grandes cuentistas de América Latina y de toda la lengua portuguesa. Y una mezcla fascinante, en novela, de memorialista, ensayista y autor de ficciones. Su vigencia moderna es enorme y está, por lo tanto, destinado a ser redescubierto, releído, reexaminado a cada rato, a cada vuelta del camino.”
Quizás esta afirmación permita mostrar la vigencia de un autor del siglo XIX, que ha surgido en la periferia del capitalismo, si seguimos la opinión de Roberto Schwarz. Ese misterio acompañará y acompaña la obra y la figura del escritor carioca, quien transfigurado ―¿o disfrazado simplemente?― de Brás, Quincas, Casmurro o Aires, medita, ironiza sobre su tiempo y sobre los tiempos, sobre las gentes de su ciudad y sobre la naturaleza humana.
En todo caso, su presencia perdura y su lectura se renueva, como destacaba Jorge Edwards. De hecho, en 2004, el escritor de origen argentino, Alberto Manguel, en su Diario de lecturas, se pregunta: ¿por qué Machado de Assis sigue siendo, fuera de Brasil, un escritor secreto? Se trata, en su opinión, de otro de los misterios que quedaría por resolver tras la muerte del personaje y del autor:
“Tengo tanto cariño a las Memorias póstumas de Blas Cubas que siempre me sorprende descubrir qué pocos de mis amigos las han leído. Damos por sentado que lo que nos deleita debe deleitar a otros; a la larga llegamos a la conclusión de que nuestro círculo personal de compañeros de lecturas, de los que comparten nuestros íntimos amores, es muy reducido.”
Esta clandestinidad del escritor carioca, unida a su misterio, no impide la admiración sin reparos entre quienes le tratan. Machado de Assis es poco leído entre los lectores hispanohablantes, pero profundamente respetado. Continuamente surgen nuevas referencias, nuevas interpretaciones como sucede con los libros y los autores que aún están vivos y que, a pesar de las disecciones de los críticos, siguen ofreciendo la sorpresa de su misterio. Tal vez sea esta la mayor paradoja de una obra como Memorias póstumas…, que estando muertas siguen vivas como su autor, Brás o Blas, que siendo un difunto autor, no es un autor difunto, como muy bien recordaría en la introducción de su libro. Machado de Assis, autor del autor de estas Memorias, ¿habría adivinado ya su futuro de escritor secreto, misterioso y universal?
Nota: este artículo sirvió como texto para la conferencia presentada en la Academia Brasileña de Letras, en Río de Janeiro, el 13 de mayo de 2008.
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Antonio Maura é escritor, crítico e professor universitário espanhol. Sócio Correspondente da Academia Brasileira de Letras (julho, 2011) e assessor da Fundação Cultural Hispano Brasileira. Tem publicado, entre outros, os romances Voz de Humo e Semilla de Eternidad, e o livro de contos Piedra y Cenizas. Faz parte do Conselho Editorial de Cronópios. E-mail: amauraba@gmail.com