
Muchas veces me pregunto por la voz de los poetas y por su extraño destino. ¿A dónde va el sentimiento que ha sido cincelado en palabras, clausurado en lenguaje? Tal vez haya oídos que, distraídos, puedan escucharlo o, sencillamente, se perderá en la distancia como el trino de un pájaro solitario. Triste suerte la del poeta desconocido. Se me ocurre pensar que su triunfo está únicamente en el canto que se dilata en un espacio que acabará por difuminarlo. Su misión se cumple así, en la pura emisión de sonido, en ese silbido desgajado, hecho trizas, en medio del vendaval. Sufrimientos y esperanzas, ensueños y miedos quedarán, de ese modo, sepultados en un lecho que no es de tierra ni de agua. El hombre muere con sus palabras. Así de fácil. Así de terrible. Surgirán nuevos poetas, nuevos poemas, pero ¿cuántos han desparecido? ¿Podremos un día recuperarlos? ¿Será posible que surja un bosque de voces que alcen sus copas hasta lo más alto? Nos perderíamos en esa floresta, no sabríamos orientarnos. Y es que necesitamos vivir nuestra propia vida y morir nuestra propia muerte, aunque todas las vidas y las muertes se parezcan. Nos veríamos obligados a huir del bosque de los cantos, pues acabarían por ahogarnos. Ellos, los poetas, quedarán sepultados en el silencio y nosotros, titubeantes, buscaremos un pasadizo de palabras, que ni siquiera sabremos si son nuestras, para dar sentido a una existencia ajena y común, siempre extraña, siempre inalcanzable.
Hubo una voz, entre tantas, que me acompañó siempre, aunque muchas veces no fuera capaz de oírla. Era la de un poeta que nació el mismo año que yo, en la misma ciudad, a quien conocí en la Universidad y que siguió habitando muy cerca de mí, aunque no fuese en la misma ciudad ni acaso en el mismo país. Él escribía en un espacio mudo y su silencio retumbaba en mis oídos. Por eso cuando su ausencia se ha vuelto permanente, cuando sé que ya nunca más volverá a escribir, le recuerdo y quiero hablar de él.
Se llamaba Luis Fernando Heppe. Murió hace año y medio tras una dolorosa y angustiosa enfermedad. Su sufrimiento se refleja, como en un espejo cóncavo, en unos pocos poemas que escribió pocos meses antes. Los fechaba obsesivamente y anotaba también las horas y los minutos como si no tuviera más tiempo disponible, como si aquellos versos fueran los últimos que podría escribir. En esas palabras, atormentadas como su conciencia, que evitaban decir lo único que le obsesionaba, estaba toda su fuerza vital. De eso estoy completamente seguro. No me corresponde, por tanto, juzgarlas, y me siento incapaz de comentarlas: están demasiado cerca de un manantial del que brota tanto la vida como la muerte. Un manantial en el que bebió hasta saciarse y, aun harto, siguió bebiendo y bebiendo. Sólo quedan sus poemas pautando un tiempo que no podría prolongarse, cerrado en sí mismo.
Poco sé del tiempo
que nos habita, el tiempo
que nos devora, el tiempo
que vive de prestado
en un cuerpo rabioso.
Él sabrá más de mí,
pues cabalgó en mis ansias
no crecidas aún
y urdió crueles batallas
entre el alma y la carne,
que eran la misma cosa.
Lleno de urgencias iba
acotándolo todo,
llenando de temblores
las tinajas vacías
del espanto nocturno.
No daba tregua alguna.
Sus secuaces medían
miedos, ralos enanos,
deformes anfitriones
de la desdicha, y era
sólo él quien marcaba
los bordes del camino.
Como en un rito antiguo.
No, no me hablen del tiempo
cuando lo precisaba
se me fue, dando la espalda,
mas, cuando innecesario,
pesaba como el plomo
y lastraba mi vida.
Ahora me alejo de él,
mas no soy yo quien sufre
por ello, yo pacía
cual místico cordero
vagas eternidades
y él vino a perturbar
una dicha serena
con sus acuciamientos
de diván de siquiatra.
No, no hagan caso del tiempo
que es un gozque perdido
ladrando en la angostura
de los fríos caminos.
Sueña en volver, reposa,
pace estrellas, camina,
y arroja de su tránsito
a ese huésped ladino
que, nocturno y escaso,
puso cerco a mis sueños.
El poema fue escrito a las ocho horas de la mañana y ocho minutos del 13 de mayo de 2011, cuatro meses antes de morir su autor en una habitación de hospital. ¿Cómo es la muerte? ¿Hasta dónde se prolonga su sombra? ¿Cómo la sienten aquellos a los que ha elegido, los que ya perciben su aliento? Tal vez hayamos aprendido a vivir y estemos acostumbrados a sus hábitos y rituales, pero morir no es fácil, y nadie sabe cómo hacerlo. Tres días más tarde, la muerte sigue obsesionándole, como no podía ser de otra forma, y escribe para ahuyentarla como quien mueve las manos para espantar un abejorro molesto, o una avispa, certera e implacable, que nos clava su aguijón en la carne. Sé por la persona que le acompañó en aquellos días que la enfermedad fue muy dolorosa y que le trataron con morfina hasta que ya no pudo aguantar el dolor. ¿Cómo soportar el aliento acre de la muerte, cómo mirar cara a cara a ese rostro demacrado, de profundas ojeras, que nos mira con una indecible sorna y que, finalmente, eres tú mismo disfrazado de cadáver? ¿Cómo enfrentarnos a una vida que ya no nos pertenece, a nuestros errores que seremos incapaces de reparar, a nuestros éxitos que no podremos celebrar? ¿Cómo despedirnos de aquellos a los que quisimos, y a los que aún queremos, cómo decirles adiós sin que sospechen, sin que nos compadezcan, sin que comiencen a añorarnos? Morir no es fácil.
Por no morir siquiera
con gallarda agonía
hice que de mi vida
brotara inversa sangre,
donde arteria era vena,
donde vena crujido
de hoja agostada y rota,
ruidosa como un río,
donde el agua era quieta
y fluían las piedras
con espectrales ruidos.
Cercado por el miedo,
a la incierta falacia
convenida en la sombra
con luces de otra vida,
icé al fin mi bandera
en el mástil del tiempo
talado en el antaño
por incorpóreos brazos.
Ahora ondea en lo alto
como negra serpiente
y se abraza a lo que otros
denominan cuerpo
con la serenidad
que no le presta el viento
hace ya tiempo huido
de materias felices.
¿Qué me resta, por tanto,
si malgasté la vida,
el nombre, el río, el árbol
precipitadamente?
¿Qué entregaré, por tanto,
a la tierra o al viento,
portador de cenizas,
sino un confín de bruma,
para no ver mi imagen
reflejada en los ojos
de amadas inconcretas?
Ya sé, daré mi espacio
a las aves del mundo
que, en mis transformaciones,
se posaban tranquilas
entregando su canto
generoso y ausente.
Les daré mi guitarra
templada por la sierpes,
que nunca conocieron,
mas guardan mi memoria
remota del sonido.
Y si pudiera, aún más,
sólo a ellas daría
mi solidario canto,
mi recuerdo del hombre
que fui en otros y en mí.
Las pocas cosas nobles
nacidas de la pena
de no tender el vuelo
ni modelar la brisa.
Pero ya es tarde, apenas
mis intenciones pueden
fijar su vista un punto
en la negra distancia
no elegida, en el ralo
sentimiento de amor
crecido en las distancias
cortas del cuerpo a cuerpo.
Me siento pobre y doy
apenas lo que sobra
de lo que nunca tuve.
Ahora los campos mecen
mi olvido y, acunándolo,
van prestándome sueño
a rédito de caída.
Soy el árbol tronchado
que reposa en la mies,
y me dejo llevar,
como hice eternamente,
por la luz indolora,
esperando otro tiempo
que no me pertenezca.
Este poema fue fechado a la una de la madrugada y treinta segundos del 16 de mayo de 2011. Su autor leyó mucho a los clásicos españoles y, entre los poetas del siglo XX, siempre reconoció su admiración por Rainer Maria Rilke, César Vallejo y T. S. Eliot. En algunos versos, como en las ramas, se siente la brisa de aquellas voces, pero su aliento de poeta remonta sus palabras para decir su única verdad intransferible, inevitable e indecible: él se moría, con su cuerpo y con su mente, finalizaba su vida, con espacio de gentes y sentimientos que sólo él conocía. La muerte allanaría todo como un viento siniestro que todo lo calma, que acalla el sufrimiento y el placer, que nos entrega solemne, como una ofrenda, el silencio. Ese mismo día, ya por la tarde, en el naufragio del sol, escribió un nuevo poema que era semejante a una oración, pero ¿a qué Dios, a qué ente era capaz de invocar?
De omnia mortis est.
Ah, la envidiada muerte
de los afortunados,
que al fin la degustaron
más allá del dolor,
la deseada sombra
de nunca haber nacido,
y maldita la vida,
préstamo con usura
sobre la eternidad.
Debo de haber pecado
mucho según me dicen
las farisaicas voces,
que no pude hasta ahora
erradicar del alma,
pero no creo en eso,
sino en la usura misma
donde, crucificados
en peña no en madero,
vamos llenando los vasos
de sangre delicada,
que abrevan negras fauces
de hielo, pasadizos,
laberintos quebrados
de esta especie maldita
a la que pertenezco.
Este dolor que inflinge
heridas invisibles,
que gotea en las rocas
y rezuma en cascadas
de seca metafísica
no es comparable a nada.
Diseño de ingeniero
laureado en tormentos,
acaso, cruel palacio
cuya belleza ajena
un día nos sedujo.
Quisimos habitarlo
y se encarnó en lo turbio
del deseo sin suerte.
Ay, desvanecimiento
llega al fin en mi auxilio,
rompe el espejo angosto
de toda la esperanza
y dame al fin la paz
que se me niega ahora,
mas, por Critón, recuerda
que el gallo de Esculapio
—el que siempre debemos
a los facultativos—
se entregue envenenado
para el convite avaro
de nuestros sacerdotes.
Y sea la venganza
nuestro último regalo
al mundo de las formas.
Ahora y por siempre. Amén.
Oración fúnebre tejida de venganza y rabia. Al poeta le quedaba algo más de tres meses. En su vida apenas publicó catorce poemas en una vieja antología, ya desaparecida, cuando sólo tenía 21 años. Su carrera se inició entonces distante del coro de los poetas, del mundillo de la crítica y de la fanfarria de las editoriales y los premios. Nadie le conoce ni en su tierra ni en las ajenas. Nadie le ha leído ni valorado. Escribió, y mucho, sin contención, con el rigor de las formas clásicas, con un lenguaje que, quizás, no fuera el de su tiempo, pero que era radicalmente sincero y honesto. Expresaba su dolor y su angustia, su furia y su esperanza sabiéndose aislado, incomprendido, como un perro callejero, como ese gozque pequeño y ladrador que menciona en sus versos. Los poetas cantan, el ladraba y aullaba, era un grito en la noche, un largo quejido de voz quebrada, rota. He recogido tres poemas entre los últimos que escribió para presentarle y recordarle. Confío que su voz llegue más allá de mí mismo, que no se pierda en el ruido ensordecedor de nuestro tiempo. Él escribió en un poema que me dedicó las siguientes palabras: “Mi silencio final a tu voz lo dedico.” De aquello han pasado ya cuarenta años. Pero, ¿qué es el tiempo? ¿Acaso no es una labor de encaje, una tela que puede bordarse comenzando por cualquier esquina y que no debe interrumpirse nunca hasta estar terminada?

Luis Fernando Heppe nació en Bilbao el 13 de noviembre de 1953 y murió también en Bilbao el 12 de septiembre de 2011. Tras una vaga y fugaz trayectoria poética en sus tiempos universitarios, comenzó a trabajar en el juzgado, siendo finalmente un sindicalista que militó en diferentes formaciones. Se casó cinco veces y tuvo dos hijos, de los que sólo vive uno, y dos nietos. Fumaba mucho y hablaba torrencialmente. No se trataba con los poetas. Simplemente escribía contra el tiempo, contra las palabras manidas, contra las modas. Escribía. Fue la pasión que justificó su vida. Mi voz, con el peso de su silencio, a él se la dedico, como estas palabras.
* * *
Antonio Maura é escritor, crítico e professor universitário espanhol. Sócio Correspondente da Academia Brasileira de Letras (julho, 2011) e assessor da Fundação Cultural Hispano Brasileira. Tem publicado, entre outros, os romances Voz de Humo e Semilla de Eternidad, e o livro de contos Piedra y Cenizas. Faz parte do Conselho Editorial de Cronópios. E-mail: amauraba@gmail.com