Por Teódulo López Meléndez
(“Cronopios” colocó el tema del “sebastianismo” a propósito de un artículo de Rinaldo de Fernándes sobre una novela de Vargas Llosa. Creo necesario explicar en detalle que es el “sebastianismo”, tal vez para las jóvenes generaciones que posiblemente desconozcan el tema y por la importancia que tendrá el mito en la posterior historia de Brasil. En el campo literario, este mito asumió todo su poder en el poeta portugués Fernando Pessoa)
En la villa portuguesa de Trancoso vivió y murió un singular zapatero, en el siglo XVI, que comenzó por aficionarse a la lectura de la Biblia y terminó convertido en una versión portuguesa de Nostradamus. La fecha de nacimiento del personaje en cuestión es desconocida, pero generalmente se acepta que murió en 1545.
El zapatero tenía una psicología extraña. Lo cierto es que el vasto conocimiento de las Escrituras le fue ganando una corte de adeptos. En realidad, Gonzalo Annes (o Anes, Yannes, Eanes), mejor conocido como Bandarra, conocía de memoria pasajes enteros de la Biblia y evacuaba consultas sobre la interpretación de los textos sagrados y sobre las profecías en ellos contenidas. Escribe trovas y en cada una de ellas hay una cita bíblica para sostener las predicciones que formula, siempre en lenguaje equívoco y susceptible de interpretaciones variadas. Las trovas están impregnadas de un tono profético y mesiánico. No pasó mucho tiempo, claro está, sin llegar a manos de Afonso de Medina, de la Mesa de Conciencia de la Inquisición; Bandarra es absuelto, pero obligado al auto de fe y se le prohíbe escribir, leer o divulgar asuntos referentes a la Biblia. Bandarra obedece y desde ese momento desaparece de la escena pública, pero las trovas seguirán circulando y a la vuelta de un siglo serán respetadas, examinadas y creídas.
“Parecía un gran teólogo”, dirán ante la Inquisición los testigos llamados a declarar. Bandarra sabía leer y escribir, lo que en su tiempo no era poco y, aunque no era judío, tenía buena parte de sus adeptos entre ellos. Los judíos pasaban por momentos de efervescencia mesiánica y en el zapatero encontraron un intérprete y una voz y se encargaron de proclamarlo como una “buena nueva”. En las trovas hay una predicción sobre la restauración de Portugal y su grandeza, lograda por un Rey lleno de sabiduría y valor. Un siglo después de su muerte, con João IV en el trono portugués, es subido al altar ante los ojos de la misma Inquisición que lo había perseguido. Por intereses políticos en juego, las calles de Lisboa son recorridas por emisarios que aseguran que las trovas son realmente profecías. Se trataba de enviados del nuevo Monarca que querían aprovecharlas para hacer entender al pueblo que João IV era el Rey profetizado y que con la entronización de la Casa de Braganza llegaba para el país la esperada época de prosperidad. Los restos de Bandarra son trasladados al cementerio de Trancoso, a un túmulo más apropiado a su condición de profeta. D. Alvaro de Arranches, gobernador de Beira se encarga de lo relativo a los gastos del túmulo y el gobernador João Saldanha de Sousa ordena la siguiente inscripción: “Aquí yace Gonçaliannes Bandarra, natural de esta villa, que profetizó la restauración de este reino y que había de ser en el año de seiscientos y cuarenta por el Rey D. João el cuarto nuestro señor que hoy reina; falleció en la era de mil quinientos y cuarenta y cinco”. De entrada, aparentemente, el único beneficiario de aquella consagración fue su descendiente Miguel Días Bandarra, a quien se le concede la gracia de una administración de capilla, pero ya veremos como las trovas del zapatero darán base a una de las grandes leyendas portuguesas.
Ahora veamos a quien se refería Bandarra cuando hablaba del Rey glorioso. Se trataba del Rey Sebastián. El Rey D. Joao III muere en 1557. El único descendiente es su nieto Sebastián, de apenas tres años. La Reina viuda Catalina de Austria, hermana del Emperador Carlos V, ejerce la Regencia. Las riquezas, léase especierías, han ocasionado a Portugal un grave relajamiento de las buenas costumbres; es el “pago” que da el país por sus posesiones de Oriente. Toda una sociedad cortesana y parasitaria hace de Lisboa centro de esplendor y despilfarro. En 1568, Sebastián cumple 14 años y comienza a reinar en medio de este ambiente. Había sido educado en medio del culto al heroísmo militar y del carácter casi divino de la persona real. Desde temprano se creyó predestinado para ser el salvador de la cristiandad amenazada. Durante los diez años de su reinado sueña con luchar contra los enemigos de la fe; en 1572 organiza una armada para combatir a los herejes, pero esta se queda en proyecto porque un temporal destruye los navíos anclados en el Tajo; dos años más tarde embarcará furtivamente para el norte de África dejando instrucciones para que el pueblo tome las armas y le siga. El pretexto para una gran expedición guerrera surge en 1576 por la conquista del trono de Marruecos por un moro apoyado por los turcos; según el Rey, esto significaba que el Sultán de Turquía iba a dominar todo el norte de África, lo que sería fatal para la Península y para toda la Europa cristiana. En 1578, con 24 años, reúne un ejército de 17 mil hombres (cinco mil de los cuales son mercenarios) y marcha al encuentro del Rey de Marruecos con quien se topa en las proximidades de Alcocer-Quibir. El desastre es total; la mitad de los soldados muertos, la otra mitad, prisionera. D. Sebastián muere en combate. Como se considera deshonroso haber visto morir al Rey y haber sobrevivido en vez de dar la vida por él, nadie dice haberlo visto, dando así lugar al mito; entre el pueblo se comienza a decir que el Rey había escapado con vida y que regresaría; las trovas de Bandarra comienzas a leerse con ojos diferentes y se asegura que el Mesías que volverá es precisamente Sebastián.
El sebastianismo se inserta en la conciencia popular como una especie de nacionalización del mesianismo judaico que lleva a creer que en las épocas de sufrimiento colectivo vendrá alguien a salvar a todos. Pero de la conciencia popular pasa incluso a espíritus cultos, como el jesuita António Vieira. El mito del Rey que ha de volver es aún un lugar común en la lengua portuguesa. Traduce un estado del espíritu que consiste en creer que aquello que profundamente se desea no dejará de acontecer, independientemente de nuestro esfuerzo y sin implicación de nuestra responsabilidad. Vieira encuentra en las trovas de Bandarra argumentos para su proyecto de un Imperio Universal en el cual cristianos y judíos estarían reunificados en una Iglesia nueva y purificada de los antiguos pecados.
El sebastianismo pasa a Brasil, con consecuencias, como vimos en mi pasado artículo “Brasil y La Guerra del fin del mundo”, y se siembra en el poeta Fernando Pessoa y en el brasilero Suassuna. “Y así, en su destino para muchos incomprensible, el mito del Encubierto, no representa apenas la aspiración a la restauración del Portugal glorioso, la afición nacional por la figura carismática del `salvador´, el deseo subconsciente de entrega pasiva a un redentor electo por lo alto; de cierto modo, resume en sí un gran proyecto nacional y universal frustrado, constituyendo, al mismo tiempo, una protesta inconsciente o una resistencia a las alternativas victoriosas, primero de la Europa mediterránea post-renacentista y contra-reformista, después de la Europa nórdica, racionalista y voluntarista…” (Antonio Cuadros, en “Sobre Portugal”).
Pessoa retoma el mito del sebastianismo, del Rey que volverá montado en su caballo blanco y rodeado de sus guerreros, para lanzar su proclama de un Quinto Imperio, uno cultural y de lengua portuguesa que regenerará al mundo. Pero ya este es asunto de otro costal, de uno que bien puede ser llamado una de las aventuras literarias más exuberantes y grandiosas de la historia de la poesía.
Teódulo López Meléndez, novelista, poeta, ensayista y traductor venezolano. Codirige, con la novelista Eva Feld, la editorial Ala de cuervo y la página web www.aladecuervo.net. Su mail es teo@aladecuervo.net.